EL PAPEL DEL MEDIADOR ANTE LA IRA

«Cualquiera se puede enfadar -eso es fácil, pero enfadarse con la persona adecuada, al nivel adecuado, en el punto en tiempo adecuado, por la razón adecuada, y en la manera adecuada- eso no está dentro del poder de todos, y no es fácil»

– Aristóteles-

el papel del mediadorEl tono de voz continuaba in crescendo. Sus aspavientos, cada vez eran más bruscos y aparatosos. Sus expresiones faciales lucían una tosca e incómoda máscara, que constreñía un maremágnum de emociones contenidas.

El ambiente estaba tenso, y las miradas furtivas de quienes saboreaban su café empezaron a posarse sobre ellos.

La típica disputa de pareja, en plena cafetería-pastelería Woom de Madrid. Para algunos curiosos, el espectáculo estaba servido. Y yo, observadora social nata, no pude resistirme a la tentación de poner la oreja mientras esperaba a que llegara mi capuchino.

Es cierto, sentencié. Enfadarse es una reacción natural que todos, en mayor o menos medida, hemos experimentado alguna vez. ¿La legitimidad de nuestros motivos? Francamente, es algo muy difícil de juzgar pues se entremezcla con la forma de sentir y percibir que tenemos cada uno.
Decepción, engaño, frustración, envidia, celos, impotencia, injusticia … La ira como tal es un proceso emotivo que todavía no llega a comprenderse completamente, pero sin duda es la invitada estrella cuándo hablamos de mediación de conflictos.

Mediador ante la ira

Los sentimientos quedan absorbidos por gritos que retroalimentan reproches, aligerando el paso de palabras hirientes que nunca nos habríamos atrevido a verbalizar. Cualquier amago de concordia en estos términos será un fracaso anunciado, pues la razón y el corazón se hayan completamente obnubilados por la rabia.

La ira es un estado emocional que camina de la mano con la naturaleza humana, pero no todos contamos con las mismas herramientas para manejarla.

Cuando el estallido llega, la figura del mediador no debe de ninguna manera representar un elemento que obstruya la eclosión de esos sentimientos. Más bien ha de convertirse en el canal adecuado que facilite su expresión sana, sin entorpecer la negociación entre las partes y desde luego, evitando en todo caso que se produzca de manera hostil y descontrolada.

Estoy convencida de que de haber podido sembrar diálogo en aquella conversación de dos, los propios combatientes habrían llegado a la conclusión de que en algún momento del fragor de la batalla, olvidaron el origen del conflicto que estaba agriándoles el desayuno, y enfriando el mío.

En ocasiones, una sincera explicación o un perdón desnudo de excusas irritantes, suelen ser un buen comienzo para el diálogo y un efectivo balsámico cuando el ambiente es un caldo de cultivo que lleva fraguándose a fuego lento mucho tiempo.

Más calmados los ánimos, el parafraseo del mediador al reformular los comentarios iracundos de las partes y los resúmenes empáticos, hacen las veces de un gigantesco espejo en el que desagrada vernos reflejados, pero que nos invita a la reflexión.

Según el trabajo de Siegman and Snow (1997), una investigación empírica médica, apoya el argumento de que el mediador debe abreviar el desahogo volátil de la ira, y promover el debate calmado sobre los temas que la provocan. No puedo estar más de acuerdo. El mediador debe permitir la expresión de la ira sin abandonar el diálogo, y conteniendo a las partes para que no se convierta en algo destructivo que frustre el verdadero objetivo de la mediación.

Mediación iracundos

Si cualquiera de nosotros fuera grabado en pleno estallido de ira  y reprodujéramos dicha grabación, comprobaríamos dos cosas. La primera, es que nos costaría mucho reconocernos a nosotros mismos en esos términos, incluso puede que sintiéramos vergüenza o rechazo con respecto a nuestra actitud. Y la segunda, es que la mayoría de cosas que hacemos y decimos cuando estamos iracundos, suelen ser causa de arrepentimiento posteriormente.

Coincidiréis conmigo en que todo se ve diferente cuando vestimos la piel del otro. Si fuéramos tan tolerantes, empáticos y comprensivos con los demás como nos gusta que lo sean con nosotros, ¿no marcharía el mundo muchísimo mejor?

Y digo yo, nunca es tarde para empezar a cambiar.

Delia M. Rodríguez

Abogada y mediadora, Socia Directora

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