photo-1437226104525-c08c6dd0cc05Nueve meses -o lo que es lo mismo, cuarenta semanas o doscientos ochenta días-, esperando el acontecimiento con paciencia, con ilusión y con algunas adversidades relacionadas con el compromiso de un proyecto de vida común, las cuales han sido superadas satisfactoriamente, juntos.

Durante este tiempo afloran sueños y motivaciones que, en algún momento del pasado, habíamos enterrado. Y es que parece que fue ayer cuando colocábamos, con mucho mimo y alegría, la primera piedra de la que sería la “casa familiar».

La larga espera implica dolor físico y múltiples emociones: miedo, alegría… las cuales se hacen más llevaderas con las manos unidas, enfrentando el paso del tiempo. Por fin escuchamos el llanto del bebé como un coro de arpas celestiales, la libertad del vuelo de una mariposa con sus imponentes alas de multitud de colores de pétalo en pétalo, o el quebrar del huevo con una energía tan imponente para comenzar la vida.

7984692236_5bfed039c4_bEse instante  en el que le miramos a los ojos y le decimos, a veces sin mediar palabra, “te educaré para que te conviertas en la mejor versión de ti mismo”.

La andadura de los progenitores da un vuelco, un giro de 180 grados. Sus prioridades se han modificado. Su vida, la vida del menor, requiere de un compromiso conjunto en el que los adultos proyectamos cómo cubrir las necesidades, el tiempo y el juego que precisa para un correcto crecimiento en los tres ámbitos, físico, mental y emocional.

Pero durante el camino, que un día con alegría y determinación iniciamos, podemos encontrarnos diferentes adversidades que la pareja debe afrontar y que en ocasiones desemboca de forma irremediable su ruptura. La desunión, se hace visible de maneras muy diversas.

Un porcentaje de parejas lo viven, o mejor dicho, lo sobreviven, como diría el poeta “vivir es fácil, sobrevivir a lo vivido es lo difícil”, colaborando, con sentido común y teniendo en cuenta que tienen ante ellos un compromiso que no se puede eludir, la educación del hijo.

Se encuentran inmersos en una de las etapas más duras que atraviesa un ser humano, pero toman conciencia de que es el preludio de los buenos tiempos que están por arribar. Dejan a un lado sus emociones, y sus deseos personales, y se centran en lo verdaderamente importante: los hijos.

Pero en el otro lado de la balanza nos encontramos con otra forma de manejar los tiempos de la disputa. Los protagonistas se convierten en fervientes lectores y el ejemplar que tienen de cabecera es uno de las obras más importantes de la literatura clásica china, con más de dos mil quinientos años de antigüedad y atribuido a Sun Tzu, “El arte de la guerra”.

Su lectura es equívoca, pero el título evoca una palabra clave, guerra. No se dan cuenta de que es un precioso libro de estrategia que ofrece enseñanzas como “la mejor victoria es vencer sin combatir”, y es en esa afirmación dónde radica la diferencia entre la persona prudente y el ignorante.

Es más, consiste en que, ante un conflicto, buscamos la mejor solución y nunca es el enfrentamiento directo. Y en el caso que nos ocupa, con mayor sentido, porque en medio de ese belicismo está la figura y la presencia consciente e inconsciente del menor.

Muchos padres y madres caen en la trampa de convertir el amor con el que todo se inició en un odio que lo único que conlleva es más separación, y sentimiento de pérdida.

photo-1451471016731-e963a8588be8La vida disminuye, el hijo sufre – no por el hecho de la separación, siempre que haya respuestas a sus interrogantes-, sino por su evolución, por la gestión que hacen de la misma los padres.

Cuantas familias -cuantos adultos- que, por alcanzar su objetivo personal, convierten a su hijo en una simple pieza de ajedrez, en su camino de “jaque mate” o “atrapar al rey”. Y éstos no parecen tener reparos en utilizar todas las armas que disponen para alcanzar su cima personal, o como en textos antiguos aparece, la cima del Cáucaso, que no es otra que la cárcel de la vida. Son carceleros, castradores de la vida de su hijo con las consecuencias que ello tiene.

Tal es su odio, que traspasa las paredes de la escuela, espacio que se debería entender como un lugar de encuentro y de afectividad.

Cómo docente he podido comprobar como ese odio consigue convertir el colegio, aunque sea indirectamente, en uno de los lugares de las disputas, interfiriendo de una manera absurda y egoísta en la actividad diaria de los niños, buscando cualquier resquicio para utilizarlo contra la pareja y, en ocasiones, intentado hacer partícipes a los docentes en su lucha.

Incluso traspasan los límites al intentar que éstos tomen partido por una de las partes hasta el punto de llegar al “conmigo o contra mi”,  extrapolando su áspero clima familiar al centro escolar que, según el caso concreto, se ve obligado a tomar medidas ante este panorama.

La situación de separación o divorcio de los padres no implica privación de la patria potestad de ninguno de ellos, salvo expresa resolución judicial, de modo que ambos tienen derecho a decidir sobre todos aquellos aspectos que afecten a la educación de sus hijos, así como a obtener información sobre su proceso de aprendizaje.

Captura de pantalla 2016-04-19 17.32.03Lo que recibe el menor en una época -en la que los pilares de su crecimiento implican el conocerse a sí mismo y la interpretación del mundo que le rodea-, es el sentimiento de encontrarse en unas aguas turbulentas en las cuales le resulta imposible alcanzar la orilla, ahogándose en el remolino turbulento en el que se ha convertido su vida.

En esa interpretación del mundo tienen gran relevancia sus padres quienes deben darles esas muestras de afectividad que requieren, así como transmitirles códigos morales.

Sin embargo, todo se convierte en un auténtico caos cuando el menor no recibe respuestas a todos los interrogantes que le nacen, incluso vive inmerso en un ambiente hostil en su hogar, lo cual repercute en un desequilibrio de su autoestima que deriva en problemas emocionales. Síntomas muy evidentes que se pueden ver, si prestamos atención, en el día a día en un centro escolar.

Padres, podéis cambiar de opinión, de vida, de relaciones, más siempre mantened vuestros principios. Cambiad vuestras hojas de ruta, pero manteniendo siempre intactas vuestras raíces.

 

Javier Mera Suárez

Docente y formador en metodologías participativas

@IOjaviM