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NAVEGANDO SOBRE DOS AGUAS

 «Cuando era más joven podía recordar todo, hubiera sucedido o no»
-Mark Twain-

IMG-20130827-WA015Infancia. Caudales de imaginación desbordada que bañan sin mesura los juegos de patio. Que calan las voces de amigos invisibles que susurran dulces confidencias, que acabarán enterradas en el tiempo.

¡Bendita y añorada infancia! – exclamé para mis adentros mientras me deleitaba con las travesuras de una pareja de hermanos que se revolvían en sus sillas, ante la evidente desesperación de sus padres.

Hay olores, sabores y lugares en los que se respira infancia. El aroma del café para mí, es uno de ellos.
Ordené un capuchino mientras cotilleaba la decoración al aire libre del Ten Beach Lounge, una terraza muy agradable en el norte de Madrid.
El café no se hizo esperar. Su aspecto era más que apetecible. Abrí la agenda para coger por banda algunos asuntos pendientes, pero era difícil ignorar las historietas que ambos niños intercambiaban para matar el aburrimiento que en ocasiones les suscitamos los adultos.
hiperactividad
Los niños, fuente inagotable de imaginación. Y como decía Bécquer, el que tiene imaginación, con qué facilidad saca de la nada un mundo. Sin embargo, la imaginación como única respuesta a cuestiones que deberían ser resueltas por los adultos, puede llegar a convertirse en un foco de peligrosa inestabilidad para un niño.

Advertía también Boris Cyrulnic que el horror de lo real tiene una esperanza, pero el horror de lo imaginario es total. Aún con más razón, ese desconocimiento se materializa en sombras tenebrosas si hablamos de población de menores adoptados.

 

 

Las hipótesis realizadas por un niño o niña entorno a sus orígenes biológicos, pueden llegar a convertirse en un problema que aflore en las diferentes etapas evolutivas de su vida adoptiva. En la percepción de sí mismo, en la concepción de su propia identidad, en la convivencia familiar, en su rendimiento escolar, en sus futuras relaciones interpersonales … No trabajar debidamente y de forma continúa la condición adoptiva puede llegar a dañar su autoestima, causando un socavón difícil de henchir en un futuro.

Inevitablemente, la adopción camina de la mano con el sentimiento de abandono, que planea sigilosamente como un fantasma que a veces se hace notar. Los niños necesitan poder reconciliarse con su pasado para poder abrazar su presente y construir su futuro.
Reconciliarse significa conocer, liberarse de las culpabilidades, de las hipótesis sin confirmar, de los miedos que les asedian por las noches contenidos dentro del armario. La pérdida de la primera familia o de otras figuras como las familias de acogida, expone a los niños a una situación extremadamente delicada en el plano emocional, que exige unas garantías tales como la estabilidad y la seguridad por parte de la familia adoptante.

Captura de pantalla 2013-05-31 a la(s) 16.24.36Cuando se trata de un niño que de ninguna manera puede ser criado en un ámbito familiar en su país de origen, la adopción internacional puede resultar la mejor solución de carácter permanente siempre y cuando se cumplan las normas y principios del Convenio de La Haya relativo a la Protección del Niño y a la Cooperación en materia de Adopción Internacional de 1993.

Pero lastimosamente, las adopciones internacionales aún continúan siendo cuna de prácticas relacionadas con la adopción forzosa, que hacen prácticamente imposible el retorno del menor sobre sus propios pasos al acudir  en busca de sus raíces.

Debido a esto, muchos niños se ven privados de algunos capítulos de su historia personal. Capítulos imprescindibles para entender el todo de su línea de vida. Esta laguna en su memoria puede sumirles en una profunda sensación de no pertenecer a nada ni a nadie. Niños que se sienten «sin historia».

La dilatación en el tiempo a la hora de abordar los aspectos del abandono, la negativa o el simple desconocimiento que invade a las familias biológicas entorno a los orígenes del niño o niña adoptado, impiden que éstos se concilien con su pasado. ¿La consecuencia de este vacío devastador? Un tropel de criaturas que viéndose incapaces de afrontar su condición, optan por negarla. O lo que es lo mismo, negarse a sí mismos.

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Rescatar del pasado el legado de los donantes, significa partir en paz hacia el futuro. Libre de cargas. No debemos olvidar que la identidad de los niños y niñas adoptados es única, pero goza de una doble aportación: el legado biológico, y el legado de identidad social.

El poder acceder a la información sobre sus orígenes, es un derecho que prima incluso por encima del derecho a la intimidad de las familias biológicas, y así se ha quedado plasmado en reciente jurisprudencia.

Este derecho fundamental que ampara a cualquier niño del mundo, merece estar protegido tanto por las familias donantes y las adoptantes, como por la sociedad en general.
Desde la Fundación Balms velamos por la protección de la infancia, tanto desde el ámbito de la Coperación al Desarrollo, como desde nuestra labor como E.C.A.I (entidad colaboradora en la adopción internacional) acreditada en Colombia. Recientemente hemos inaugurado un nuevo servicio llamado «A cerca de mis raíces» basado en el asesoramiento integral y acompañamiento en la búsqueda de los orígenes biológicos.

Imprescindible reseñar que la adopción internacional debe ser concebida como el último recurso que ponga en funcionamiento
la a veces deficiente e insuficiente maquinaria de protección del menor, entendiendo la expresión «último recurso» como algo relativo que dependerá de las opciones de cuidado alternativo que existan. De ninguna manera puede convertirse en un mecanismo que promueva los intereses de los futuribles adoptantes nacionales o internacionales, de organizaciones infantiles, o los intereses nacionalistas de un estado.

Que este post sirva de reflexión para los lectores, quienes seguramente han sigo testigos alguna vez de situaciones cotidianas y frecuentes (sin ir más lejos, una crisis matrimonial o de pareja), en las que los niños han sido utilizados como moneda de cambio, arma arrojadiza o incluso escudo humano por quienes deberían protegerles por encima de todo.

Como dice P. J. Toulet, los niños están continuamente ebrios; ebrios de vivir. A lo que yo añado: ebrios de vivir en plenitud su infancia. Sin que nada ni nadie les perturbe. Arropados por el calor de un verdadero hogar.

*Agradecer a Carlos Guasch, autor de la última imagen, que me haya cedido un trocito de su obra para ambientar este post.